Mi nombre es Rosa y
escribiré parte de mi vida. Nací y pase parte de la infancia en un pueblito de
la provincia de Santiago del Estero llamado “Pocitos”, donde nadie, nunca supo
decirme porque se llamaba así. Nuestra casa estaba constituida por un comedor,
dos dormitorios, el baño se encontraba como a cincuenta metros, ubicado en la
parte posterior de la misma, a un costado estaba lo que papá llamaba la
galería, tenía dos paredes de caña tacuara cubierta de adobe, igual que el
techo de casa, ese era el lugar donde se dejaba estacionar el queso y el arrope,
que era un brebaje hecho a base de la tuna, espinosa planta nativa que crece en
los montes. Mi padre un gran bebedor de ginebra y fumador de cigarros hechos
con chala de choclo saborizados con anís, era muy trabajador, antes que amaneciera ya se
levantaba para encender y dejar prendido el bracero, con carbón que mis
hermanos hacían con leña de espinillo traído del monte. La tetera negra a causa
del hollín, que cuando llegaba al momento de ebullición, silbaba tan fuerte que
casi siempre me despertaba y me hacía acordar a la locomotora del pueblo. Preparaba
su mate amargo y a la luz del fuego pensaba, no sé qué cosa, luego calzaba su
infaltable puñal de plata en su cinturón y partía a ordeñar las vacas, no sin
antes pasar por mi cuarto taparme y darme un beso en la frente, muchas veces me
hice la dormida, pero creo que él se daba cuenta de mi acto y me daba dos
besos. Aquellas madrugadas, del cruel invierno, partía a través de la escarcha
sin importar el Pampero frío, viento que te helaba hasta los huesos.
Fui creciendo, comencé ir a la escuela que se
encontraba en el pueblo, tardaba en llegar alrededor de dos horas, montada en
mi mula Lujan, nombre que elegí en honor a la virgen, allí hice parte de la primaria
y mientras cursaba sexto grado, papa falleció a causa de una riña que tuvo en
la pulpería de don Florentino, parece que fue problema de polleras, cosa que
escuche de mi hermano mayor Pedro, alias el pelado, cuando una noche que bebían
vino directamente de la damajuana, le contaba a Ángel el narigón.
A raíz de esto, mi mama
doña Ana, con tantos hermanos ya que éramos ocho siendo yo la más chica, no
podía mantener a todos y darnos una educación, por ende no pude terminar mis
estudios primarios y fue así que opto por mandarme a Buenos. Aires. Allí mama tenía
una hermana llamada doña Segunda, que vivía en San Fernando a cuatro cuadras de
la fábrica de neumáticos, sobre la calle Simón de Iriondo, ¡qué nombre raro de
calle ¡ Llegó el día del gran viaje, lloré como nunca, mi madre trataba de
disimular pero también lloró al ver como partía aquel bendito tren, luego de
viajar casi dos días desde que abordamos en la estación de la Banda con mi
hermano Chirino así lo llamaba mamá, llegamos a Retiro y al descender de aquel vagón,
quede absorta por la magnitud de la gran ciudad, mis ojos ni siquiera pudieron
pestañar. Jamás había visto tantos trenes juntos, la estación parecía una
ciudad con millones de personas que como hormigas no dejaban de caminar, aun mi
memoria conserva aquel sorprendente momento.
Nos estaba esperando mi
tío Atilio con su sombrero de ala ancha y un traje a rayas, haciéndolo muy
pituco a él, después de saludarnos abordamos otro tren hasta una estación que
tenía por nombre Virreyes, allí estaba mi tía de nombre Segunda. Llegue con mi
bolsito, con algo de ropa, un queso de cabra entero y tres tortillas, arribamos
a la casa, me presento al resto de la familia y me acomode en la pieza de mi
prima Silvana ya que dormíamos juntas. Ya siendo una adolescente de 16 años,
tenía que terminar la escuela primaria y lo hice en la N° 37 a la noche, mientras tanto
Chirino se volvió al pago, seguí estudiando y me recibí de maestra, nunca pude
tener amigas, quizás por mi condición de provinciana, mi piel mestiza, mi
acento, pero en realidad, era más por mi manera de ser, tan callada, solitaria,
algo vergonzosa pienso ahora, pero lo que me hacía sentir libre, era cuando
enseñaba a los niños. Conseguí trabajo en el mismo lugar que estudié, pero solo
pude ser maestra del turno noche, cada vez que pedía trabajo en alguna escuela
para trabajar en el día, me decían que nunca había vacante, muy pocas veces
logre cubrir alguna suplencia. Así que durante el día daba clases particulares,
aquellos chicos que tenían problema de aprendizaje en la escuela. Fui ahorrando
hasta que me pude ir a vivir sola, lograr esa independencia me llenó de gozo,
ya no quería vivir en casa de la tía, ellos siempre fueron cariñosos conmigo,
pero mis primos siempre riéndose irónicamente de mi aspecto campesino, de mi
cabello, muchas veces terminaba llorando sola en la piecita sin comer por culpa
de sus burlas y Mario alias el peto, era el peor. No tenía amigas, jamás salía
a bailar, a veces los domingos me iba a pasear al tigre, para no ser el núcleo
de sus socarronerías. Amaba ver a los niños jugar al lado del río, fue así que
conocí a un muchacho de origen humilde y simpático, que siempre alimentaba a
los peces con migas de pan, era impresionante como se llenaba de aquellos seres
acuáticos, hasta me atrevería a decir que les hablaba y parecían viejos amigos.
Fue así que comenzamos a charlar cada vez que iba, hasta que me invitó a tomar
un helado, charlamos como nunca, entre bromas le pregunte el porqué de
alimentar los peces y me contó que se llamaba Carlos, era huérfano y ni
siquiera sabía si tenía hermanos, fue criado en un reformatorio donde todos se
le reían, porque no sabía leer ni escribir, entonces imaginaba que los peces
eran sus amigos y su familia, trabajaba como obrero de la construcción. Quede
impactada con su historia, así que le propuse ser su maestra particular, fue
así que nos enamoramos y nos fuimos a vivir juntos a su pequeña casa ubicada en
un gran terreno. A los dos meses traje mi madre a vivir conmigo, mis hermanos
siguieron viviendo en el campo y cada cierto tiempo nos visitaban, mayormente
en las fiestas de fin de año. Logre formar una familia casándome con Carlos y
por esas cosas de la vida, no pudimos tener hijos, algo muy anhelado por
nosotros, pero pudimos concretar un
sueño, logramos tener un hogar de niños, llegaban chicos de todos lados, que
por distintos motivos estaban con nosotros, esto fue prosperando, logramos
conseguir un pequeño subsidio del gobierno, no era mucho pero alcanzaba para la
leche de todos los días, no sé cómo creció tanto, logramos albergar hasta 35
niños, fueron creciendo, algunos fueron adoptados, otros consiguieron trabajo,
otros estudiaron, y así siguió la imparable rueda de la vida. Mi madre doña Ana
ya no está con nosotros. Hoy aquí estoy sentada en este sillón, ya jubilada
hamacándome, con mis 69 años, con algunas arrugas y achaques, me siento algo
cansada últimamente, pero feliz, muy feliz por lo que la vida me dio, tuve más
hijos de lo que jamás haya imaginado, algunos ya lograron formar su familia y
nunca dejan de visitarme diciéndome mama, sus hijos abuela, eso tiene un valor
emocional que me llega hasta lo más íntimo de mi ser. No se cuanta gente pasó
por el hogar ya perdí la cuenta, pero junto a mi amor fuimos y somos felices,
agradezco a Dios por este maravilloso hombre que junto a mi lado, luchó para
concretar nuestro gran y maravilloso sueño. Hoy con menos cabello, lleno de
canas, lo sigo viendo como el más buen mozo y el más gracioso de todos los
hombres, de una sonrisa única, jamás supe de donde inventaba tantas historias
que siempre contaba a nuestros hijos. Hasta hoy me repite a diario lo feliz que es a mi lado y la alegría que le da
poder ver sonreír a los chicos, les ha enseñado a trabajar la madera fabricando
mesas, sillas ya que cada vez somos más, el mantenimiento no se termina nunca,
pero ver como todos colaboran, hace más llevadera la tarea, algunos vecinos nos
ayudan también, como doña Norma que les prepara la leche todos los días llueva
o truene, mujer de oro. No sé cuánto tiempo más estaremos en esta tierra,
nuestro paso por la vida no fue en vano y agradezco a Dios por este regalo que
nos dio. Ya hablamos con Ulises para que sea el encargado de seguir con el
sueño que nosotros un día comenzamos, recalcándole que “siempre hay gente que
necesita de nosotros y nosotros
necesitamos de ellos” ese es nuestro lema. Este otoño fue muy lluvioso y
malo para mi salud, así que mañana iré a visitar a mi querido Dr. Waldo, ser
humano increíble, ya le compre una botella de vino tinto que tanto le gusta a él,
estoy un poco asustada por lo que me dirá ya que últimamente no me he sentido
muy bien, temiendo un mal presagio, me
iré a recostar un rato ya que hoy ni siquiera tuve deseos de almorzar
-
Jamás despertó de ese sueño. Al siguiente día después de haber enterrado a
mama, luego de cenar y ver que los chicos estaban todos durmiendo, papa Carlos
me dijo, Ulises quiero hablar contigo, pero no pudo omitir palabra alguna y en
silencio me entregó una carta, mientras que de sus ojos descendían un par de
lágrimas que no pudo ocultar. Quede petrificado por este acto, pero me di
cuenta que era su anhelo que leyera esto. Así que hoy quise compartir con Uds.
esta carta que escribió mi mama Rosa y
la mama de muchos. Esta primavera fue rara para mí, quizás la más triste que
recuerde, saber que el otoño se llevó a mama Rosa como una hoja más. Su
trabajo, su empeño por nosotros, marco nuestra vida como un gran ejemplo a
seguir, continuaremos con este maravilloso sueño que un día ella logro hacer
realidad. Solo le pido a Dios que no se lleve a mi padre ahora, necesito de él,
cuando estamos solos, lo veo más triste, ya no es el mismo debido a la ausencia
de mamá y lo entiendo, no sé qué pasara, pero no deja de sonreír y de contarle
a los más chicos las mismas historias que nos contó a nosotros años atrás,
cuando triste y abandonados llegamos al hogar, parte verdad, parte fabulas,
partes inventadas por él, pero serán las mismas historias que contare yo cuando
el ya no esté con nosotros…
Fin