jueves, 8 de mayo de 2014

Concurso Internacional de Poesía y Narrativa "Cultura en palabras", mencion de honor con la obra "La Carta"

LA CARTA
Mi nombre es Rosa y escribiré parte de mi vida. Nací y pase parte de la infancia en un pueblito de la provincia de Santiago del Estero llamado “Pocitos”, donde nadie, nunca supo decirme porque se llamaba así. Nuestra casa estaba constituida por un comedor, dos dormitorios, el baño se encontraba como a cincuenta metros, ubicado en la parte posterior de la misma, a un costado estaba lo que papá llamaba la galería, tenía dos paredes de caña tacuara cubierta de adobe, igual que el techo de casa, ese era el lugar donde se dejaba estacionar el queso y el arrope, que era un brebaje hecho a base de la tuna, espinosa planta nativa que crece en los montes. Mi padre un gran bebedor de ginebra y fumador de cigarros hechos con chala de choclo saborizados con anís,  era muy trabajador, antes que amaneciera ya se levantaba para encender y dejar prendido el bracero, con carbón que mis hermanos hacían con leña de espinillo traído del monte. La tetera negra a causa del hollín, que cuando llegaba al momento de ebullición, silbaba tan fuerte que casi siempre me despertaba y me hacía acordar a la locomotora del pueblo. Preparaba su mate amargo y a la luz del fuego pensaba, no sé qué cosa, luego calzaba su infaltable puñal de plata en su cinturón y partía a ordeñar las vacas, no sin antes pasar por mi cuarto taparme y darme un beso en la frente, muchas veces me hice la dormida, pero creo que él se daba cuenta de mi acto y me daba dos besos. Aquellas madrugadas, del cruel invierno, partía a través de la escarcha sin importar el Pampero frío, viento que te helaba hasta los huesos.
 Fui creciendo, comencé ir a la escuela que se encontraba en el pueblo, tardaba en llegar alrededor de dos horas, montada en mi mula Lujan, nombre que elegí en honor a la virgen, allí hice parte de la primaria y mientras cursaba sexto grado, papa falleció a causa de una riña que tuvo en la pulpería de don Florentino, parece que fue problema de polleras, cosa que escuche de mi hermano mayor Pedro, alias el pelado, cuando una noche que bebían vino directamente de la damajuana, le contaba a Ángel el narigón.
A raíz de esto, mi mama doña Ana, con tantos hermanos ya que éramos ocho siendo yo la más chica, no podía mantener a todos y darnos una educación, por ende no pude terminar mis estudios primarios y fue así que opto por mandarme a Buenos. Aires. Allí mama tenía una hermana llamada doña Segunda, que vivía en San Fernando a cuatro cuadras de la fábrica de neumáticos, sobre la calle Simón de Iriondo, ¡qué nombre raro de calle ¡ Llegó el día del gran viaje, lloré como nunca, mi madre trataba de disimular pero también lloró al ver como partía aquel bendito tren, luego de viajar casi dos días desde que abordamos en la estación de la Banda con mi hermano Chirino así lo llamaba mamá, llegamos a Retiro y al descender de aquel vagón, quede absorta por la magnitud de la gran ciudad, mis ojos ni siquiera pudieron pestañar. Jamás había visto tantos trenes juntos, la estación parecía una ciudad con millones de personas que como hormigas no dejaban de caminar, aun mi memoria conserva aquel sorprendente momento.
Nos estaba esperando mi tío Atilio con su sombrero de ala ancha y un traje a rayas, haciéndolo muy pituco a él, después de saludarnos abordamos otro tren hasta una estación que tenía por nombre Virreyes, allí estaba mi tía de nombre Segunda. Llegue con mi bolsito, con algo de ropa, un queso de cabra entero y tres tortillas, arribamos a la casa, me presento al resto de la familia y me acomode en la pieza de mi prima Silvana ya que dormíamos juntas. Ya siendo una adolescente de 16 años, tenía que terminar la escuela primaria y lo hice en la N° 37 a la noche, mientras tanto Chirino se volvió al pago, seguí estudiando y me recibí de maestra, nunca pude tener amigas, quizás por mi condición de provinciana, mi piel mestiza, mi acento, pero en realidad, era más por mi manera de ser, tan callada, solitaria, algo vergonzosa pienso ahora, pero lo que me hacía sentir libre, era cuando enseñaba a los niños. Conseguí trabajo en el mismo lugar que estudié, pero solo pude ser maestra del turno noche, cada vez que pedía trabajo en alguna escuela para trabajar en el día, me decían que nunca había vacante, muy pocas veces logre cubrir alguna suplencia. Así que durante el día daba clases particulares, aquellos chicos que tenían problema de aprendizaje en la escuela. Fui ahorrando hasta que me pude ir a vivir sola, lograr esa independencia me llenó de gozo, ya no quería vivir en casa de la tía, ellos siempre fueron cariñosos conmigo, pero mis primos siempre riéndose irónicamente de mi aspecto campesino, de mi cabello, muchas veces terminaba llorando sola en la piecita sin comer por culpa de sus burlas y Mario alias el peto, era el peor. No tenía amigas, jamás salía a bailar, a veces los domingos me iba a pasear al tigre, para no ser el núcleo de sus socarronerías. Amaba ver a los niños jugar al lado del río, fue así que conocí a un muchacho de origen humilde y simpático, que siempre alimentaba a los peces con migas de pan, era impresionante como se llenaba de aquellos seres acuáticos, hasta me atrevería a decir que les hablaba y parecían viejos amigos. Fue así que comenzamos a charlar cada vez que iba, hasta que me invitó a tomar un helado, charlamos como nunca, entre bromas le pregunte el porqué de alimentar los peces y me contó que se llamaba Carlos, era huérfano y ni siquiera sabía si tenía hermanos, fue criado en un reformatorio donde todos se le reían, porque no sabía leer ni escribir, entonces imaginaba que los peces eran sus amigos y su familia, trabajaba como obrero de la construcción. Quede impactada con su historia, así que le propuse ser su maestra particular, fue así que nos enamoramos y nos fuimos a vivir juntos a su pequeña casa ubicada en un gran terreno. A los dos meses traje mi madre a vivir conmigo, mis hermanos siguieron viviendo en el campo y cada cierto tiempo nos visitaban, mayormente en las fiestas de fin de año. Logre formar una familia casándome con Carlos y por esas cosas de la vida, no pudimos tener hijos, algo muy anhelado por nosotros, pero pudimos  concretar un sueño, logramos tener un hogar de niños, llegaban chicos de todos lados, que por distintos motivos estaban con nosotros, esto fue prosperando, logramos conseguir un pequeño subsidio del gobierno, no era mucho pero alcanzaba para la leche de todos los días, no sé cómo creció tanto, logramos albergar hasta 35 niños, fueron creciendo, algunos fueron adoptados, otros consiguieron trabajo, otros estudiaron, y así siguió la imparable rueda de la vida. Mi madre doña Ana ya no está con nosotros. Hoy aquí estoy sentada en este sillón, ya jubilada hamacándome, con mis 69 años, con algunas arrugas y achaques, me siento algo cansada últimamente, pero feliz, muy feliz por lo que la vida me dio, tuve más hijos de lo que jamás haya imaginado, algunos ya lograron formar su familia y nunca dejan de visitarme diciéndome mama, sus hijos abuela, eso tiene un valor emocional que me llega hasta lo más íntimo de mi ser. No se cuanta gente pasó por el hogar ya perdí la cuenta, pero junto a mi amor fuimos y somos felices, agradezco a Dios por este maravilloso hombre que junto a mi lado, luchó para concretar nuestro gran y maravilloso sueño. Hoy con menos cabello, lleno de canas, lo sigo viendo como el más buen mozo y el más gracioso de todos los hombres, de una sonrisa única, jamás supe de donde inventaba tantas historias que siempre contaba a nuestros hijos. Hasta hoy me repite a diario lo  feliz que es a mi lado y la alegría que le da poder ver sonreír a los chicos, les ha enseñado a trabajar la madera fabricando mesas, sillas ya que cada vez somos más, el mantenimiento no se termina nunca, pero ver como todos colaboran, hace más llevadera la tarea, algunos vecinos nos ayudan también, como doña Norma que les prepara la leche todos los días llueva o truene, mujer de oro. No sé cuánto tiempo más estaremos en esta tierra, nuestro paso por la vida no fue en vano y agradezco a Dios por este regalo que nos dio. Ya hablamos con Ulises para que sea el encargado de seguir con el sueño que nosotros un día comenzamos, recalcándole que “siempre hay gente que necesita de nosotros y nosotros necesitamos de ellos” ese es nuestro lema. Este otoño fue muy lluvioso y malo para mi salud, así que mañana iré a visitar a mi querido Dr. Waldo, ser humano increíble, ya le compre una botella de vino tinto que tanto le gusta a él, estoy un poco asustada por lo que me dirá ya que últimamente no me he sentido muy bien, temiendo  un mal presagio, me iré a recostar un rato ya que hoy ni siquiera tuve deseos de almorzar
- Jamás despertó de ese sueño. Al siguiente día después de haber enterrado a mama, luego de cenar y ver que los chicos estaban todos durmiendo, papa Carlos me dijo, Ulises quiero hablar contigo, pero no pudo omitir palabra alguna y en silencio me entregó una carta, mientras que de sus ojos descendían un par de lágrimas que no pudo ocultar. Quede petrificado por este acto, pero me di cuenta que era su anhelo que leyera esto. Así que hoy quise compartir con Uds. esta carta que escribió  mi mama Rosa y la mama de muchos. Esta primavera fue rara para mí, quizás la más triste que recuerde, saber que el otoño se llevó a mama Rosa como una hoja más. Su trabajo, su empeño por nosotros, marco nuestra vida como un gran ejemplo a seguir, continuaremos con este maravilloso sueño que un día ella logro hacer realidad. Solo le pido a Dios que no se lleve a mi padre ahora, necesito de él, cuando estamos solos, lo veo más triste, ya no es el mismo debido a la ausencia de mamá y lo entiendo, no sé qué pasara, pero no deja de sonreír y de contarle a los más chicos las mismas historias que nos contó a nosotros años atrás, cuando triste y abandonados llegamos al hogar, parte verdad, parte fabulas, partes inventadas por él, pero serán las mismas historias que contare yo cuando el ya no esté con nosotros…

                                                        Fin 

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